Al sur de Camboya, se mece con suave oleaje el poblado de Kep. El camino en bus fue algo tortuoso, aunque nada que ver con el día en que llegamos a Battambang. Tras una carretera rural y saludar al padre cangrejo, nos bajamos en la plaza central donde fuimos abordados por varios conductores de tuc tuc:

How much? – dije yo al bajar, mientras enseñaba la dirección del hostal.
 Two dólar. – respondió él, con sonrisa comercial.

No, no eran dos dólares ni en broma. Lo que en veinte minutos hubiéramos llegado andando, el tuc tuc recorrió la vacía autopista de tres carriles por sentido en un respiro ¿1 dólar? Quizás. Pero pensé en esas bocas que tendría que alimentar. Me hice mis historias y acepté. Historias fantásticas y los cuarenta grados que se posaban en nuestros cuellos hicieron el resto.

El hostal fue el más barato en el que posamos nuestros culos. Ni en nuestro corto chapuzón en la India pagamos tan poco. La comida, aunque poco variada, era deliciosa. Una joven pareja camboyana lo regentaba, con un nivel de inglés básico y una sonrisa nerviosa. Nuestra reserva tenía solo dos días, pero la alargamos. Y es que en Kep, nos sentimos casi como en casa. Se echó en falta a la familia y a los amigos, pero qué de amigos nuevos hicimos. Allí, entre la selva se encontraba el hogar.

Nuestro hostal en Kep fue el Khmer House Hostel. La habitación doble con baño privado y ventilador nos costó 5$ por noche. Una auténtica ganga para la calidad del alojamiento. Ahora en 2022 se ha encarecido, al igual que todos los alojamientos en Camboya. Sin embargo después de un cierre total en pandemia, en un país que no tiene las ayudas que han tenido los países europeos, es normal que los precios suban.

No estábamos solos. En esa, nuestra casa dormitaron muchos franceses y algún que otro americano; una familia japonesa cuya pequeña hija ansiaba su Tablet a gritos; un hostil y ebrio finlandés que en un desayuno nos dedicó palabras como bitch y asshole; decenas de geckos, unos pequeños y otros, como dragones de Komodo; escarabajos voladores y mantis religiosas que suministraban a los reptiles; un sardo (gentilicio de Cerdeña) que nos contó sus batallas por la India; una rata (o eso creemos) que corría por nuestro tejado; y por último, Blacky, que con sus finos ladridos nos abrió más de una carcajada. A día de hoy recordamos mucho Kep por este pequeño cachorro.

Para los turistas visitar Kep tiene poco de interés. Una playa nada destacable, las latas flotantes que chocaban contra el padre cangrejo con su bandera de Kep Kep Clean o monos rebuscando en la basura. Un saludo al pobre simio que casi atropellamos con nuestra scooter sin querer. Otro al varano al que casi paso por encima con una bicicleta en Ayutthaya. Y no nos olvidemos del sonriente mecánico que nos cambió la correa de la moto en medio de la selva, tras quedarnos en la intemperie con una moto que no arrancaba entre Kep y Kampot.

Al igual que todas las urbes de Camboya, Kep fue desalojada en 1975 por los Jemeres Rojos comandados por Pol Pot. El pueblo, cuyos años 20 reunió a la jet set del ocupado pueblo khmer, se quedó vacío casi hasta hoy. Ahora despierta poco a poco del letargo. Entre alguna casa abandonada, florecen resorts junto a una de las mejores vías que hemos visto. Formada por seis carriles, la carretera tiene un estado impecable, gracias por una parte a la ausencia de vida.

Si decides visitar Kep, además de lo dicho, puedes descubrir en moto las cuevas de Phnom Chhnork, el pueblo de Kampot y más allá Bokor Hill. Mucho cuidado con esta última visita. Hace cinco años era una zona muy virgen. A día de hoy ha perdido toda la chispa.

Sí, poco que ver pero punto culinario de muchos estómagos camboyanos. A dos kilómetros de la playa, se encuentra el mercado del cangrejo. El mecanismo no es sencillo a simple vista. Primero regatean con las risueñas señoras que te enseñan la viva mercancía atrapada en cestos de mimbres. Por seis cangrejos, cuatro dólares pagaron unos franceses. Pasó poco tiempo para que descubriéramos que seis no son un kilo y que cuatro billetes con la cara de George Washington era un precio muy alto. Después fueron  dos mil rieles (0,50 $) por cocinarlos. Mientras, nosotros pudimos disfrutar de un arroz glutinoso y poco más.

En Camboya se usan dos monedas: el riel y el dólar americano. En algunas zonas fronterizas con Tailandia se acepta el Bath y en algunos sitios el Dong vietnamita. Parecerá excesivo, pero para un pueblo que durante media década no tuvo dinero todo será poco. Y cuando digo que no había dinero es que no lo había. Los Jemeres Rojos destruyeron la moneda y dinamitaron los bancos.

El mercado de Kep además proporciona pescado fresco, gambas y langostinos o calamares. Souvenir para los pocos turistas, zumo de caña de azúcar o dulces también se podían encontrar. Quizás pueda ser difícil hablar de esto en un blog vegano e incluso muchos no visitarían este mercado, pero la vida de Camboya concurre diferente a la vida europea.

Para nosotros Kep es sinónimo de tranquilidad, cangrejo, siesta y el pequeño granuja negro que nos acompañaba día y noche. Pero ocurrió. El 28 de Enero estalló en China el año nuevo y en Vietnam el Tet, aunque no como en 1968. Los turistas chinos arrastraron a los turistas camboyanos a la costa. Kep se masificó. Los seis carriles vacíos se convirtieron en humo de camionetas, de familias enteras con sus respectivas ensaladillas y sombrillas de playa. Numerosos niños con camisetas de la liga inglesa correteaban al sonido unánime del grito primitivo.

Y ahí se acabó. Despertamos del sueño profundo y nos despedimos de Blacky, de los cangrejos y del silencio. Dijimos Hasta la próxima, Kep.