Cuando dije a mis conocidos, tanto en España como en Alemania:
-Me Voy a Myanmar.
Todos me preguntaron:
-¿A dónde? ¿Dónde diablos queda eso?
Y la respuesta vino con una sonrisa en mi boca. Y no por el hecho de que a ellos ese país les sonase a chino. He de decir que desde niño miraba una y otra vez el mapamundi, reconocía las banderas de países que ya ni existen e incluso capitales que dejaron de serlo. Con 10 años conocía la capital de Rusia, con 14 sabía situar Surinam en el mapa y ya de adulto he viajado más días con Google Maps que con los pies.
Sí, soy un friki y sé que hay países más o menos conocidos. La sonrisa era debido a que viajaba a una tierra que no estaría tan explotada por el sector turístico. Quería evitar un «ya mi primo o fulanito estuvo ahí».

A algunos se les iluminó la bombilla cuando pronuncié su antiguo nombre: Birmania o Burma. Pero necesité explicarles quién es el vecino. Tailandia es el país de moda (lo lleva siendo desde los años 70) y muchos han estado o tienen un conocido que se ha aventurado en el país de la sonrisa. Pero Myanmar a día de hoy es una incógnita.
Fue a mitad de 2019 cuando recabé información. Muchos de los blogueros que sigo desde hace tiempo no habían pisado el país. Algunos otros habían estado hace años y otros pocos en el último lustro. Los datos del país en sí eran escasos o anticuados, con muchas preguntas en el aire. Para que se entienda:
Los viajeros llegaron por primera vez a Myanmar en el año 2003. Es decir, que cuando Tailandia ya había sido totalmente conquistado por el turista convencional, Myanmar empezó a abrir sus puertas lentamente. En el año 2010 muchos se quejaban de que el alojamiento era el más caro y el de peores condiciones del Sudeste Asiático. Y es que la plataforma hotelera estaba empezando a carburar. En el año 2019 ya era otra historia.
Myanmar es uno de los países de moda. Al igual que quien escribe, muchos son los viajeros que buscan ese instante, la primera vez, sentirse como Sandokan o Henri Mouhot. ¿Quizás ya hemos llegado tarde? Bueno, no tanto:

Tras dos días en Bangkok, ciudad que ya conocía al dedillo, me embarqué con destino a Mandalay; la segunda ciudad más grande del país. Allí me acompañaban unos pocos viajeros y muchos locales. Ninguno de ellos con pantalones de estampado de elefantes que solo un turista lleva. Nada más aterrizar, busqué transporte para ir a la ciudad y en una minivan del año Maricastaña con un encanto descomunal, llegue a mi humilde morada. Los albergues en los que dormí son quizás los mejores en los que he estado en mi vida y a un precio espectacular.
En el hostal en Mandalay encontré alemanes, australianos, británicos, franceses, brasileños e incluso algún español. Y así empecé, tomándome una cerveza con un madrileño a miles de kilómetros de España. Él, que también quería ponerse en los pies de Sandokan, estaba a punto de volver, ya que había hecho de sur a norte su ruta terminando en Mandalay.
Y de norte a sur encontré muchos aventureros y pocos turistas. Incluso en Bagan, la postal más famosa del país, me topé con personas que no querían una fiesta a la luz de la luna o montar a lomos de un elefante. No deseaban un colchón de plumas al anochecer ni hacer compras compulsivas.

Myanmar no esta hecho aún para el turista. En el bus de Mandalay a Bagan lo comprobé e incluso en la mayoría de templos de Bagan. O en el templo dorado de Mahamuni. O en la ciudad de Monywa. La sensación de estar solo en un templo durante un largo tiempo no se puede describir. Porque Angkor Wat es indescriptible, pero la tormenta de ruido a su alrededor le quita cierto grado de belleza.
Soy muy fan de Tailandia e incluso de su facilidad al viajar. Verdaderamente quedan aún lugares allí que no se encuentran masificados y tarde o temprano querré volver. Pero Myanmar a día de hoy es otra cosa. Creo y espero que queda mucho aún para que el país se infecte de turismo convencional. Pero si uno duda si viajar ahora en o en el futuro a Myanmar, date prisa. Es el momento.
